Tierra de nadie

RELATO GANADOR DEL SEGUNDO PREMIO DE LA CATEGORÍA B

Autora: Laura Gaona Seco, de 2º Bachillerato A

TIERRA DE NADIE

Hacía calor, demasiado calor. Pero no eran las altas temperaturas lo que me impedían dormir. Cogiendo a mi pequeña en brazos la llevé cerca de mi cama, bajo ella, la protegí contra mi pecho. Más allá de los finos muros, una bala tras otra, a velocidades vertiginosas, cruzaban la calle arrastrando consigo gritos, lloros, vidas.

Silencio. Una extraña calma paró el tiempo, y las muertes. Sonaban pies, pisadas apresuradas que se alejaban, hasta que todo, volvió a una paz aparente. La pequeña logró dormir entre mis brazos, y, mientras la acariciaba el pelo, volví los ojos hacia fuera, contemplando como, en lo alto, una hermosa luna llena iluminaba el río de sangre que corría por las calles. Cerré los ojos, y al abrirlos me centré en pensar que, a miles de kilómetros de mi, mi amado contemplaba la misma luna, pero deseando, que no la misma muerte.

Hacía frío, demasiado frío. La tormenta nos había arrastrado a todos a un mar embravecido que, sin duda, pretendía tragarnos entre sus furiosas y hambrientas olas. Todo se volvía gris, y frío. En esa noche, en la que todo parecía tener fin, me acordé de nuevo de ella, del motivo de mi locura, de mi libertad. Miré a la Luna y contemplé sus ojos reflejados, pidiéndome que viviera, la mujer a la que amaba, kilómetros más allá, contemplaba la misma luna, y escuchaba su mano tirando de la mía, que se hundía poco a poco…

Desperté. El frío, que había calado mis huesos hasta ahogarme desaparecía poco a poco, y los colores, más allá del blanco, negro y gris, volvían a mi retina. Y sentí cómo unas manos recorrían mi cuerpo, ¿estaba soñando que de nuevo que Kamaria repasaba mis contornos? racismoAl intentar cogerla las manos, vi que eran blancas, y me asusté. Aquello no era un sueño, había salido, había logrado escapar, del miedo, del agua. Caigo al suelo, mi cabeza, martillea, dolor. La mujer se agacha y me tiende la mano, blanca, y retrocedo. Esto no debía hacer sucedido así. Me dice algo en un idioma, que no entiendo, y, sin saber muy bien por qué, cojo su mano, con seguridad. En ese momento me planteé si había hecho bien. No podía confiar en nadie, me arriesgaba a que, todo lo que había puesto en juego, se perdiera, pero en realidad, ya estaba perdido.

Tardé en acostumbrarme, a recuperar el calor, a comer todos los días, a sentirme protegido en cierta manera, pese a tener, de nuevo, la habitación rodeada de hombres con armas. La mujer que me había estado curando se llamaba Esperanza, y, poco a poco, logramos entendernos. Era sanitaria, y había sido la persona que logró salvarme de no morir congelado. Otra de sus preocupaciones era convencerme de que tenía que volver, pero ella no lo entendía, no sabía que yo había huido de mi hogar, que había dejado todo lo que amaba atrás por alcanzar el sol, un nuevo amanecer, que me permitiera construir para mis dos mujeres, un futuro, un futuro en el que vivieran. Un día, Esperanza llegó corriendo, y apartándome del resto me previno:

-Os van a pedir los papeles, ¿los tienes?

-Sabes que no, yo no tengo nada, nada excepto ganas de volver a verla.

-No debería hacer esto pero… Huye, huye ahora que nadie te ve. La vida es dura, pero no puedo negarle a nadie su derecho a vivir, a buscar su libertad. Huye, y si puedes, regresa, regresa victorioso, para darla un nuevo amanecer.

-Gracias, Esperanza.

La abracé, y, aunque su piel no era como la mía, éramos iguales, los dos buscábamos algo mejor. Contrastaban una con la otra, y se fundían.  Entonces comprendí, que lo que el hombre blanco había hecho en nuestra tierra no era culpa de su color, sino de su condición, de su ambición.

            Salí corriendo, tras una puerta que Esperanza me indicó, y con el dinero que ella me dio logré llegar hasta un pequeño pueblo. Las miradas, de todos los ciudadanos se clavaban en mí, culpándome de algo.  

            Al día siguiente, hermanos de color me dieron señas, donde poder conseguir un trabajo, en el que tenía que trabajar mucho, y duro. El hombre que nos contrató a todos nos daba dinero, además de cama, ese era el trato. Al llegar a nuestro nuevo “hogar” descubrimos que no eran camas, sino, reproducciones de la pobreza que ya habíamos vivido antes. A la mañana siguiente, nos levantamos con el sol, para trabajar, y acostarnos cuando el sol dormía. Aprendí rápido el idioma, pero aún conocí mejor los insultos,  y algo que no hacía falta palabras, las malas miradas, y los golpes.

            inmigrante_41Eran el precio de mi libertad, si quería seguir allí debía aguantarlo todo. Pero no lograba comprender el por qué, cómo eran capaces de odiarme, sin conocerme, tratarme tan mal sin saber lo que he pasado, sin saber que he atravesado balas, viajes eternos sin comida, y lo más duro, el estar solo, para encontrarme en un lugar desconocido, en una tierra de nadie, en la que busco…. Mi libertad.

            Y las noches las paso, sentado junto a la ventana, mirando la luna, a mi Luna, mi Kamaria, que en nuestro idioma significa “Belleza de la Luna”, y sueño, que regreso, que regreso y hay paz, que regreso, en manos de la libertad, y puedo volver a hundirme en esos ojos, de los que hacía templos de pasión y bondad, y de sus labios, oraciones que rezar todos los días. Quizás no busque realmente la libertad, pues sería capaz de pasarme la vida encadenado a sus caderas, con las que me cernía cada noche, para sudar y olvidar lo que pasaba más allá de nuestros cuerpos.

            Meses después estaba agotado, tanto física, como mentalmente, solo esperaba, descansar, vivo o muerto, pero volver a los brazos de mi mujer. “Negro de mierda” gritaban constantemente para llamarme y hacer de mi una mula de carga. “Estúpida cucaracha” decían cada vez que hacía algo mal. No podía más, no, mi libertad se había alejado aún más.

            Soporté años, de un lado para otro, tratado como un animal, haciendo toda clase de trabajos, algunos más sucios que otros, pero, nunca más sucios que sus almas, pues, su piel no era reflejo de su moral. La situación de mi país tampoco había mejorado, y no sabía nada de mi familia, excepto que la veía constantemente en mis sueños.

            Ahora, recapacito y sé, que aunque fui cobarde al abandonarles, al dejar atrás mi tierra, mi hogar, pero, para buscar la libertad, que, entre guerras no iba a encontrar, pero que estaba tan lejos, tan lejos de ella, que jamás lograría ser feliz, solo me quedaba soñar, soñar que podría regresar.

            Antes, cuando soportaba el ruido de las bombas, me aferraba a la idea de huir, de lograr la libertad, ahora que la tenía, soñaba con volver, pues la libertad estaba siendo una pesadilla, una quimera que jamás lograría alcanzar por muchos kilómetros que recorriera.

            -Sucio perro, ¿crees que venir aquí te va a solucionar algo? Eres un vago, ¡no haces tu trabajo! Por eso te quedarás sin nada este mes, ¿me has oído? Y no se te ocurra decir nada, porque vas directo a la policía.

            -Pero… ¡Señor! Lo necesito, he tenido que huir de…

            -¡Me sé perfectamente tus excusas y me dan igual! Trabaja y se te dará de comer, ¡alimaña!

            Jamás lograré entenderlo, jamás sentiré el por qué somos tan diferentes. Él tiene mujer, dos brazos y un corazón, al igual que yo, mas su corazón, parecía tan oscuro como mi piel. Sabía que, sin él, mi libertad sería efímera y se destruiría, y la quedaría tan poco tiempo como durase el viaje hasta mi casa.

            El tiempo sigue, y yo, sigo viviendo como los perros, entre cartones y comiendo de la mano de mi amo. Perdido entre tierra de nadie. Pero lo que jamás me arrebatarán será mi sueño, mi sueño de regresar a ella y amarla, mi sueño, de libertad.

 

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Laura Gaona Seco, 2º A de Bachillerato

 

 

 

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1 Response to “Tierra de nadie”


  1. 1 Solange octubre 13, 2010 en 3:04 am

    Busqué la palabra libertad y encontré esta pág web… pura casualidad. me gustó mucho el relato 🙂


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