Un realista cántabro: José M. de Pereda

José María de Pereda nació en Polanco (Cantabria) en 1833. Fue un conocido autor representante del Realismo en su vertiente costumbrista y miembro de la Real Academia de la Lengua. Murió el 1 de marzo de 1906.

Entre sus obras destacan “Sotileza” y “Peñas arriba”. Son sus dos grandes novelas costumbristas, en las que su arte llega al máximo de su poder. La primera de ellas es la novela del mar por excelencia, mientras que la segunda es la novela de la montaña.

SOTILEZA (1885)

En esta novela, la huérfana Silda (apodada “Sotileza”), una muchacha de carácter soñador, es recogida piadosamente por un matrimonio de pescadores, y enamora a Andrés, hijo de un prestigioso marino, pero ambos se ven obligados a renunciar al amor cuando se impone la realidad social. Andrés se casará con una muchacha de su clase y Casilda con un pescador, Cleto, todo ello con la intercesión del padre Apolinar, que representa la imagen del clero como consolador de los males sociales a la vez que guardián de los valores de la tradición popular. En Sotileza presenta Pereda un amplio retrato de las costumbres de los pescadores, la dureza de su vida y su organización social.

Los fragmentos que se presentan a continuación pertenecen al capítulo IX, que se centra en el personaje de Andresillo, el amigo de Silda con vocación de marinero que se acaba por enamorar de ella. En este texto se narra el encuentro de Andrés con Colo, un raquero que le cuenta que está muy disgustado porque su tío quiere que cuando acabe el verano se matricule en el instituto. Fíjate en el lugar donde se produce el encuentro (la Calle Alta, en Santander) y en cómo intenta Pereda plasmar en los diálogos la manera vulgar de hablar de los muchachos (ese intento por reproducir el “idioma cántabro”, que en ocasiones la crítica ha considerado forzado, es una de las característica más llamativas de las novelas de Pereda):

[Andrés] Iba a la calle Alta para ver qué tal se las arreglaba Silda en su nueva casa. Consideraba a la huérfana como protegida suya, y se interesaba por su suerte.

Al llegar enfrente del Paredón, vio a Colo que subía de bajamar con dos remos al hombro, y en una mano un balde a medio llenar de macizo. Colo era aquel sobrino de don Lorenzo, el cura loco, de quien ya se ha hecho mención. Andrés le preguntó por la casa de tío Mechelín, y notó que Colo estaba de muy mal humor. Antes que él pensara en preguntarle por la causa de ello, le dijo el marinero, echando abajo los remos:

-Hombre…, ¡si esto no es pa que uno pierda hasta la salú!…

-¿Qué te pasa? -le preguntó Andrés.

-Este hombre, ¡toña!…, mi tío el loco, que no hay perro, ¡toña!, que le saque de la bodega ese hipo, ¡mal rayo!; y esta mañana, malas penas, me voy pa la lancha, me coge a la puerta de casa, y, ¡toña!, que me ha de manipular en el sostituto… ¿no es eso, tú?; ¿no se dice asina?… Ello es lo que hay que hacer pa atracarse a ese colegio en que enseñan esos latines de… ¡mal rayo!… ¡Miá tú, hombre, qué sé yo de eso ni pa qué me sirve!

-Pa maldita la cosa -dijo Andrés.

-Pus dale que ha de ser; y sin más tardanza, en cuanto se acabe este verano… Conque yo me cerré a la banda…, y sin más ni más, el burro de él, ¡toña!, me largó dos estacazos con aquel bastón de nudos que él gasta… ¡Mal rayo! Pero ¿pa qué, hombre? Vamos a ver, ¿pa qué quiero yo eso?; ¿no juera mejor que me echara el coste del estudio en unos calzones nuevos?… Pues porque le dije esto mesmo, me alumbró otro estacazo. ¿No es animal?… Dice que hay una…, ¿cómo dijo?…, ello es cosa de iglesia… ¡Ah!, capellanía… Una capellanía que es de nusotros; y que si yo allego a ser cura, me embarbaré de betún. ¡Cómo no me embarbe, toña! De palos me embarbaré yo; porque ahora resulta que el señor que enseña esos latines da más leña entodía que el animal de mi tío… ¿Cómo dicen que se llama ese maestro?… Don, don…

-Don Bernabé -apuntó Andresillo, que ya le conocía de oídas.

-Eso, don Bernabé…

-¡Mucho palo te espera allí! -dijo Andrés con candorosa ingenuidad-. ¡Mucho palo!

Con esto y poco más, siguieron los dos chicos hacia arriba; y al pasar por delante del portal de tío Mechelín, dijo Colo a Andrés:

-Ésta es la casa.

Y como la suya estaba en la otra acera y al extremo de la calle, despidióse y apretó el paso.

En el texto que se presenta a continuación se advierte otra característica propia de esta novela de Pereda: el detallismo de las descripciones, destinado a “pintar” las costumbres marineras.

Andrés había visto muchas veces aquellos aparejos secando al balcón o amontonados en el cesto, pero devanados. Tía Sidora le explicó el destino y el manejo de cada uno. Los cordeles de merluza, del grueso de la cabeza de un alfilerón gordo, con su remate fino y un anzuelo grande a la punta. El palangre para el besugo: más de ochenta varas de cordel lleno de anzuelos colgando de sus reñales cortos; de palmo en palmo, un reñal. Las cuerdas de bonito, compuestas de tres partes: la primera, y la más larga, un cordel que se llamaba aún, doble de gordo que el de la merluza; después, una cuerda más fina, y después la sotileza de alambre, con un gran anzuelo. Se encarnaban los anzuelos del besugo y el de la merluza, con carnada de sardina, generalmente, y en el del bonito se ponía un engaño cualquiera: por lo común, una hoja de maíz, que no se deshacía en el agua, como el papel. Para llevar a la pesca las cuerdas del besugo había una copa, especie de maserita, aproximadamente de un pie en cuadro, con las paredes en talud muy abierto, como la que tía Sidora enseñó a Andrés, porque la tenía a mano. A medida que se encarnaban los anzuelos, se iban colocando en el fondo de la copa con los reñales tendidos sobre las paredillas, y el cordel recogido sobre los bordes. Así se llevaba a la mar este aparejo, cuya preparación exigía bastante tiempo, porque los anzuelos no bajaban de doscientos. A veces se trababan cien besugos de un golpe. La merluza se pescaba al garete, casi a lancha parada, y a una profundidad de cien brazas poco más o menos; el besugo, pez bobo, se traba él por sí mismo, dejando tendida la cuerda con los anzuelos colgando; el bonito, a la cacea, a todo andar de la lancha a la vela. Era un animal voraz, y se tragaba el engaño con tal ansia, que a veces salía trabado por el estómago. Para todo esto, había que salir muy afuera, ¡muy afuera!, y se daban casos de no volver los pescadores al puerto en dos o tres días, bien por tener otros más próximos para pasar la noche, o por obligarles a ello algún repentino temporal. La sardina, que venía en manjuas enormes, se ahorcaba por las agallas en la red, atravesada delante. Esto bien lo sabía Andrés, igual que el manejo de la guadañeta para maganos en bahía; por lo que la afable marinera no se le explicó.

PEÑAS ARRIBA (1895)

Monumento a José María de Pereda en los jardines del mismo nombre. Los grabados que se ven rodeando al busto de Pereda representan escenas de sus obras.

En Peñas arriba Pereda narra la estancia de Marcelo, un joven abogado madrileño, en casa de su tío Celso en Tablanca, una localidad perdida en la montaña cántabra, durante un invierno pasado el cual su tío lo hará su heredero. Tras excursiones y conversaciones con sus habitantes, Marcelo se va encariñando con el lugar y su impresionante naturaleza. Participa en la cacería de un oso y sobrevive a un temporal de nieve. Al morir su tío, elige una esposa de Tablanca, donde se instala ya hasta el fin de sus días.

En el fragmento de la obra que reproducimos a continuación, Marcelo, que es el narrador de la historia, acaba de llegar a tierras cántabras y está siendo guiado en su recorrido por “Chisco”, un hombre que trabaja para su tío. Fíjate de nuevo en las características del realismo de Pereda que se observan en el texto: la ubicación en una zona real y conocida por el autor (en este caso, el Valle de Campoo), las descripciones detalladas del paisaje, de las gentes y de sus costumbres y los diálogos que tratan de reproducir el habla real de los “montañeses” del siglo XIX:

Por cierto que no se explicaba mal ni dejaba de tener su lado interesante mi rudo interlocutor, en quien apenas me había fijado hasta entonces. Era un mocetón fornido, ancho y algo cuadrado de hombros; vestía pantalón azul con media remonta negra, sujeto a la cintura por un ceñidor morado; y sobre la camisa de escaso cuello, un «lástico» o chaquetón de bayeta roja. Calzaba abarcas de tres tarugos sobre escarpines de paño pardo, y por debajo del hongo deformado con que cubría la abultada cabeza, caían largos mechones de pelo áspero y entrerrubio, casi el color de su cara sanota y agradable, cuyo defecto único era la mandíbula inferior más saliente que la otra, como la de nuestros Príncipes de la casa de Austria. Llevaba en la mano derecha un palo pinto, y debajo del brazo izquierdo un paraguas azul, muy grande y con remiendos.

Habíame dado noticias sumamente lacónicas de mi tío.

-¿Cómo anda de salud? -le había preguntado yo en cuanto se me puso delante y a mis órdenes.

-Tan majamenti -me había respondido él-. Es de güena veta, y hay hombri pa largu.

En concreto, sólo pude saber que quedaba muy alegre esperando mi llegada.

Dábame los nombres de pueblos y montañas cuando yo se los pedía, sin cambiar el ritmo airoso de su andadura ni volver por completo la cara hacia mí. Verdad que tampoco le miraba yo derechamente cuando le preguntaba alguna cosa, porque más que en él, llevaba puesta la atención en los detalles del paisaje y en el arrastrado vientecillo que me iba poniendo las orejas encarnadas.

Quejándome de ello una vez y mostrando recelos de que lloviera al cabo.

-No hay que temelu -me dijo levantando, tan alto como pudo, el índice de su mano derecha, después de haberle metido en la boca-. El aire es cierzu, y la niebla espienza a jalar parriba en los picachus.

Cuando intimamos algo más, supe que se llamaba «Chisco», que servía en casa de mi tío muchos años hacía, y que no era natural de aquel pueblo, sino de otro más abajo. Me admiraba, y así se lo dije, verle caminar suelta y desembarazadamente con un calzado tan pesado y tan recio, que sonaba en las lastras del camino como si las golpearan con un mazo.

-Por acá no se gasta otru en lo más del añu -me respondió saltando con la agilidad de un bailarín por encima de un jaral que le cortaba la línea recta que iba siguiendo-. ¡Y probes de nos con otra cosa más blanda en los pies pa trotear por estos suelus!

Desconcertado y pedregoso era a más no poder el que íbamos dejando atrás, y no le prometía más placentero la muestra del que teníamos delante. Por fortuna, el repliegue en que el sendero se arrastraba era relativamente descubierto y franco, en particular a nuestra izquierda.

-¿Será por este orden -pregunté a Chisco-, todo lo que nos falta por andar?

-¡Jorria! -contestó el espolique haciendo casi una zapateta-. ¡Qué yanu se lo pide el cuerpu! ¡Si estu es una pura sala!

¡Buen consuelo para mí, que llevaba ya los riñones quebrantados de cabalgar por tantos y tan repetidos altibajos, y comenzaba a sentir en mi espíritu madrileño el peso abrumador de los montes y la nostalgia de la Puerta del Sol y de las calles adoquinadas!

Andando, andando, siempre arrimado a las estribaciones de la derecha, fueron enrareciéndose los estribos de la izquierda, y dejándose ver, por los frecuentes y anchos boquerones, llanuras de suelo verde salpicadas de pueblecillos entre espesas arboledas, unos al socaire de los montes lejanos, y otros arrimaditos a las orillas de un río de sosegado curso que serpeaba por el valle.

-¿Es éste el Ebro? -pregunté a Chisco sin considerar que dejábamos sus fuentes muy atrás y sus aguas corriendo en dirección opuesta a la que llevábamos nosotros.

-¿El Ebru? -repitió el espolique admirado de mi pregunta-. Echeli un galgu ya, por el andar que yevaba cuando le alcontremus nacienti. Esti es el «Iger» (Híjar), que sal de aqueyus montis de acuyá enfrenti. Pero bien arrepará la cosa, no iba usté muy apartau de lo justu, porque si no es el Ebru ahora propiamenti, no tarda muchu ratu en alcanzali pa dirse juntus los dos en una mesma pieza por esus mundos ayá; y tan Ebru resulta ya el unu como el otru.

-Y este valle, ¿cómo se llama?

-Esta parte de él que vamus pisandu, pa el cuasi, Campóo de Arriba.

De buena gana hubiera revuelto mi cabalgadura hacia sus risueñas praderías, cruzadas de senderos blandos y tentadores; pero me arrastraba a la derecha el pícaro deber encarnado en aquel condenado espolique, siempre cosido a las faldas de los montes, como si de ellos tomara el vigor y la fortaleza que parecían crecer en él según iba caminando.

También llegó a interrumpirse la desesperante continuidad de la barrera de aquel lado, y entonces columbré sobre un cerro, encajonado en el fondo de un amplio seno de montes, un castillo roquero que, aunque ruinoso y cargado de yedra, conservaba las principales líneas de su sencilla y elegante arquitectura.

-¿Qué castillo es aquél? -pregunté al espolique.

-El de Argüesu -respondióme; y dicen si es obra de morus.

Para aquellos rudos montañeses, como pude observar más adelante, toda construcción de parecida traza es debida a los moros… o a «la francesada».

En éstas y otras, volvieron a unirse y apretarse los altos muros de la barrera; fue estrechándose el valle del otro lado, y cuando quedó convertido en un saco angosto, dimos en una aldehuela que llenaba todo el fondo de él.

-Aquí se acabó lo yanu y andaderu -me dijo Chisco entonces; y como tampoco hemos de jayar en más de tres horas otru lugar ni alma vivienti que nos estorbe el caminu, si algo le pidi el cuerpo pa levantar las fuerzas, no desaprovechi esta güena proporción de jacelu.

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